Monday, May 21, 2012
Songs
En mi vida hay dos tipos de canciones: las que siempre quise dedicar y las que hasta hace poco nunca comprendí. Ambas te pertenecen hoy.
Sunday, May 20, 2012
(ficción)
El amanecer susurra tu nombre y tu fragilidad. Tantos años de añorar una noche completamente sumergida para que ahora llegues insensatamente a robarme el sueño. El momento exacto en que mis párpados se separan es aquél en que ya tus ojos se me clavan en el alma. No puedo dormir. No puedo sentir. No puedo dejar de pensar. ¿Y en qué? ¿En cuándo? Te me has vuelto insomnio dulce y amargo al recordar que eres una veleta, la misma que hoy navega en mi dirección y ayer ondeaba hacia otros mares. La misma que el día de mañana habrá de encontrarse plácida en otras aguas, sólo para corregir el rumbo infinitamente en direcciones contrarias, sin una brújula, sin un sustento. Te pienso con el corazón pero te siento en los oídos. En tu hermosa transparencia y en las horas de cansancio extremo en las que no importa el mañana, y a la vez mañana lo es todo. Porque llega y no llega. Porque las promesas no cuentan. Porque en el sí traigo el no en el bolsillo y en el no me juego el aliento. Porque ya no sé qué es mejor, si abrir mis manos para dejarte volar antes de aplastar tus alas, o permitir a mis propias alas crecer y volar junto a tu veleta, en espera de que un día llegue a tierra firme. Mientras uno o lo otro sucedan, serás sólo un susurro al alba.
(ficción)
Montaña rusa de emociones. Subir, bajar, volver a subir. Y la náusea inevitable. ¿Porqué nos subimos al carro si sabemos que así va a ser?
Hace una semana firmé mi sentencia con el peso milimétrico de un sí. Debía estar atenta al corazón más que al cerebro y su inagotable pregonar de ideas. Los malditos químicos. La endemoniada ansiedad.
Y es así que las riendas me toman a mí al intentar yo tomar las propias de mi vida. Me asfixian, me inmovilizan y me llenan de llagas la piel. Tan profundas que las heridas llegan hasta el alma.
Volver a tener dieciséis a los casi treinta y dos no me hace la mitad de oxidada. Hace todo lo contrario. Me muestra lo extraño que es enfrentar la propia inercia para salir por una tangente casi forzada. Hacer como que alguien me escucha por horas con los ojos atentos y el corazón inquieto no me saca de esta cárcel. Fingir que mañana habré cambiado sólo resalta mi imbecilidad.
No es culpa tuya subirte al vagón justo en el momento del mareo. No es culpa tuya que nuestros calendarios hayan conspirado como en cuento de fantasía para encontrarnos en el mismo lugar justo el día en que decidí que mi vida cambiaría. Tampoco lo es que me duelas por ser tú. Me haces daño y no lo sabes. Ni lo sabrás.
¿Porqué no podía simplemente mantenerse sentada sin moverse durante cincuenta y tantos años? ¿Porqué había de levantarse, encender un cigarro y voltear la cara justamente cuándo él pasaba? ¿Porqué tuvo que mirarle desde la distancia durante semanas en vez de retirarse? ¿Porqué hubo de hablarle cuando logró tenerlo a menos de un metro de distancia? ¿Porqué ahora su complicidad amenaza el juramento? Porque es así. Siempre lo fue.
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