El amanecer susurra tu nombre y tu fragilidad. Tantos años de añorar una noche completamente sumergida para que ahora llegues insensatamente a robarme el sueño. El momento exacto en que mis párpados se separan es aquél en que ya tus ojos se me clavan en el alma. No puedo dormir. No puedo sentir. No puedo dejar de pensar. ¿Y en qué? ¿En cuándo? Te me has vuelto insomnio dulce y amargo al recordar que eres una veleta, la misma que hoy navega en mi dirección y ayer ondeaba hacia otros mares. La misma que el día de mañana habrá de encontrarse plácida en otras aguas, sólo para corregir el rumbo infinitamente en direcciones contrarias, sin una brújula, sin un sustento. Te pienso con el corazón pero te siento en los oídos. En tu hermosa transparencia y en las horas de cansancio extremo en las que no importa el mañana, y a la vez mañana lo es todo. Porque llega y no llega. Porque las promesas no cuentan. Porque en el sí traigo el no en el bolsillo y en el no me juego el aliento. Porque ya no sé qué es mejor, si abrir mis manos para dejarte volar antes de aplastar tus alas, o permitir a mis propias alas crecer y volar junto a tu veleta, en espera de que un día llegue a tierra firme. Mientras uno o lo otro sucedan, serás sólo un susurro al alba.
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