Montaña rusa de emociones. Subir, bajar, volver a subir. Y la náusea inevitable. ¿Porqué nos subimos al carro si sabemos que así va a ser?
Hace una semana firmé mi sentencia con el peso milimétrico de un sí. Debía estar atenta al corazón más que al cerebro y su inagotable pregonar de ideas. Los malditos químicos. La endemoniada ansiedad.
Y es así que las riendas me toman a mí al intentar yo tomar las propias de mi vida. Me asfixian, me inmovilizan y me llenan de llagas la piel. Tan profundas que las heridas llegan hasta el alma.
Volver a tener dieciséis a los casi treinta y dos no me hace la mitad de oxidada. Hace todo lo contrario. Me muestra lo extraño que es enfrentar la propia inercia para salir por una tangente casi forzada. Hacer como que alguien me escucha por horas con los ojos atentos y el corazón inquieto no me saca de esta cárcel. Fingir que mañana habré cambiado sólo resalta mi imbecilidad.
No es culpa tuya subirte al vagón justo en el momento del mareo. No es culpa tuya que nuestros calendarios hayan conspirado como en cuento de fantasía para encontrarnos en el mismo lugar justo el día en que decidí que mi vida cambiaría. Tampoco lo es que me duelas por ser tú. Me haces daño y no lo sabes. Ni lo sabrás.
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